martes, 26 de octubre de 2010
26 de octubre no se olvida...
Diana, lo adivinas tal vez: vamos a levantar en Inglaterra nuestras copas hoy por ti. Tomando nosotros vino y tu tomando por asalto mi memoria tu, toda hecha de lágrimas y risas, que desde que te conozco caminas a mi alrededor, corriendo a veces con furia y a veces caminando en paz, siempre de gigante la energía de combatiente por la causa justa. Hermana, quién tan incondicional como tu, para responder sin decepcionar, mas aun cuando habiendo roto cosas en los pasadizos de la vida, levantas los fragmentos de lo mio, componiéndolos, cuidándolos igual que si fueran tuyos, ayudándome así con empatía frecuente. Tu cara en docenas de formas me viene al recuerdo, a veces en blanco y negro o sepias, reviviendo cómo jugábamos en la aldea (blanco) o algunas de las pocas maldades que preferimos olvidar (negro), o en los colores Kodachrome de las escuelas donde estudiamos juntos. Tus brazos largos seguido cruzan el Atlántico para abrazarme, sin apenas darte cuenta, a veces cuando acabo de cenar, y me acoges convertida en lana de suéteres o bufandas con que me cubro recordando que en algunas casas hace mas frío, pero se siente menos. Y al pensarte agradezco también que seguido te transmutas en la sangre que le corre a mis padres por las venas, para bien y a veces para mal, quién lo ha de negar, si eres también como ellos no sólo cerebro sino humano corazón. Y en generosas dosis me regalas el dolor de estómago que se agradece de tanto carcajearme, así como algunas angustias entre el cuello y el pecho cuando te hago enojar, con largos silencios que has guardado hasta poder anclar aquel pesado buque que carga las treguas que concedes y los armisticios a que te sometes. Hermana si pasaras por aquí nos encontrarías ya empezando a enfriarnos por el clima, pero compartiendo contigo mucho mas que la calidez de los recuerdos: la fogata irrenunciable de la hermandad de una vida en paralelo que nos seguirá dando el haber nacido de los mismos padres. Salud.
viernes, 2 de julio de 2010
Uno de esos entes...
Pues bien, yo disfruto dos de esos entes: se llaman hijas. Y a una de ellas hace poco mas de quince años que la vimos nacer.
jueves, 25 de junio de 2009
De lo que toca saber

Algunos, como perros mojados por la vida supongo, caminamos las idas y los regresos embebidos de historia, de memorias, de anhelos. La vida seguirá lloviendo aun su tiempo sobre nosotros secándose en relatos que nadie sabrá del todo. Pero no estamos muertos. El camino sigue su trayecto, caminemos o no, y nos encuentra a veces sorprendidos, a veces sorprendiendo. Y así, nadie parecemos estar espabilados suficiente para entenderlo todo, excepto los que están siempre seguros y que a veces parece a mi que entienden siempre menos. Somos los mismos pero cambiamos, rápida o lentamente, la condición humana nos ha dado esa opción.
A todos nos tocará saber y entender algo de los otros, de nosotros. Algunas historias terminan, otras siguen, otras comenzarán. Y me parece que la vida, en su inconmensurable, variada y compleja composición, en ese denso trenzado de hilos que compone la gruesa cuerda que en el presente une pasado y futuro, nos ofrece sólamente respuestas parciales. Nada la explica toda. En nuestro tránsito actual, los que hemos actuado o dejado de actuar al tejer ese haz no tendremos mas opción que hacernos responsables, pero sólo modesta y limitadamente de la hebra que nos corresponda. No se puede destejer el tiempo para atrás ni tejerlo a solas para adelante, siempre pues toca seguir.
Esta única limitada existencia nos agita con rachas de eventos que a veces no esperamos, con procesos que no siempre ni del todo controlamos, con personas que nos hacen ver, y dejar de ver, para ser diferentes y seguir transformándonos, justo porque están fuera de nuestro dominio, justo porque no somos nosotros. Así entonces estuvimos unos empapados, entumidos y friolentos. Pero habrá que perseguir entre lo nublado a los soles del hoy y del mañana para que nos sequen y conforten poco a poco. Aspiro a que cultivemos y cuidemos lo que sigue habiendo al lado nuestro ahora. Podremos empeñarnos una vida y no lograr que las situaciones progresen hacia donde queremos. Pero confío en que siempre habrá algo positivo que encontrar, algo que salvar para el futuro, algo que no se deja de tener presente, algo que nos hace recordar, aun cuando no podamos continuar en estados anteriores. No desperdiciemos nada, menos el tiempo, un día no tendremos más.
martes, 26 de mayo de 2009
Leído en una tesis
Acknowledgements
This thesis would have not been possible without the support of many people. I thank very much my supervisors Laura Hanks and Raymond Quek for their constant and illuminating advice.
I express thanks to CONACYT (Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología) and SEP (Secretaría de Educación Pública) the Mexican institutions that funded these studies. I am grateful with The University of Nottingham especially the School of the Built Environment and the Graduate School for providing an excellent place to build this academic experience. I thank especially Gullermo Guzmán, a man that knows how to make the difference. I thank also Liz Bromley-Smith, Stephen Platt, Swinal Samant, and Bradley Starkey, for kindly consider my help for their courses.
The research could not have been done without the opportune suggestions of different scholars. Jonathan Hale, my initial supervisor, for his way of presenting me paths and the oportunity of working in the Centre for Research in Architectural Culture (CRAC). Giuseppe Basile, for his insights about aspects of Brandi’s theories. Rene Tobe, for her opportune recommendations about Ricoeur. Concepción Márquez, for her way to estimulate me to explore philosophy as a way of life. Ricardo Martínez, for his original vision of some essences of architecture. I thank also Anna Maria Guiducci, Paolo Fancelli and Gabriela Switek, for dissinterestedly providing me with information that helped to enrich the research. I express gratitude for the support of José Manuel Mijares and Jesús Aguirre Cárdenas in UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México). I am grateful for the support of collegues in Nottingham Trent University in the School of the Built Environment, especially Helen Beswick, Paul Collins, Guillermo Garma, Marisela Mendoza and Alina Hughes, for providing me with another place to share this research and the invaluable oportunity of teaching with them.
I show appreciation especially to Michael Bernie, Vale Carnevale, Rachel Grigor, Julie Godefroy and Diana Meraz Avila, for their help with proof reading and typing.
One occupies a unique space, however; time is what we share; many thanks to my good friends Deborah Adkins, Liliana Campos, Guillermo Guzmán, Mauricio Hernández, Nina Hormazábal, Ricardo Martínez, Marisela Mendoza, Verónica Pinilla, Francesco Proto, Salvador Rodríguez, Florian Schepp and Maureen Trebilcock for sharing yours. I thank in a special way all the members of the Brotherhood of the Red Wine for having shared those Fridays to cultivate the friendship and to care about each other.
Finally, I want to thank my family, especially my wife Vale, the excellent woman behind my work, without whom this would have never happened; my daughters Diana and Valeria who experienced with love my absence in my presence, and my parents, Rosario and Fidel, my sister Diana and my brother Diego, for their always-inconditional support.
De casas

Hace tiempo he dormido, largo medio diciembre, de nuevo en el lecho del que me desprendí hace ya algunos años, y también en la sala junto a la chimenea. He vuelto a ver el amanecer en aquel cuarto, nueve metros cuadrados de escasa arquitectura mas que suficiente, celda, taller, ropero, biblioteca. He vuelto a cerrar cansado los ojos debajo de las vigas y las duelas. Volví a sentir el frío al que a veces me fuerzo, para sentir mi piel que aun tiene vida de piel y de anhelar. Otra vez el perfume de la leña se le pegó a mis ropas, el sabor del chocolate caliente y la cajeta pasó mi paladar. En el silencio de las noches falsos sonidos de las festivas voces resonaban durante largos minutos antes de adormecerme, como si algunos de aquellos otros siguieran hablando en torno a mis respiros. De nuevo el aroma a óleos y a papel de acuarela, a la antigüedad de aquellos viejos libros, manos con vahos de sueños condensados. Y nuevamente el olor frío del cuero del sillón de la sala. Y aquella música griega que solloza, la sola que me ha hecho esta vez llorar, suena como también esa otra melodía alegre y nostálgica de Río de Janeiro.
La terraza ha cambiado. Hoy es un casi patio rodeado de altos verdes. Antes era paraje en medio al descampado, donde las ardillas cruzaban así como los tejones que aun trasnochan buscando las bananas que mi hermana les deja. Las rosas que cada año florecen recordando la no olvidada tía, la tía abuela que ahorraba. Intactos siguen los colores de la cerámica de aquel jarrón familiar que lavo, de las tazas turquesa, de aquel piso de barro. Y ese reloj, robado y hallado sobreviviviente de naufragio, que sigue marcando cuartos de hora. La niña en mármol blanco inmaculadamente sigue quieta. Las escaleras crujen igual que el primer día en que reconocíamos los ruidos de la noche, hace veintidiezaños o mas ya no los cuento, para diferenciar al insonmio del miedo.
De todas las casas que ameritan tal nombre, y que son para mi la suma de mis casas, la suma o el promedio de aquellas, de todas ellas se va uno yendo poco a poco. En mis casas lo confieso ingénuo, me he sentido, me he concebido feliz. Pero a veces se ve uno mismo impulsado a andar. De algunas de mis casas he salido, con alegría y con fiesta, con miedo o incomprensión, con anhelo y congoja. Así volví a dejar la casa como si mucho ansiara llegar hasta las nieves en que luego me entretuve. Porque las ansias me parece que llevan siempre lejos, aunque sea siempre en el mismo metro cuadrado o kilómetros cual salmones nadando a contracorriente, nos dejamos mojar por la vida, solo para morir allá arriba luego de llegar. Cuántas veces moriremos no sé, cual pez vivo me parece lo importante es sentir agua y nadar.
jueves, 21 de agosto de 2008
Adios "Seven Salthouse Close"
Hay lugares que no han estado en ningún lado, pero que van conmigo. Merazlavia se llama uno de aquellos. Merazlavia la Chica dejó de estar parada donde hace cuatro años había desembarcado. Cambia su lugar físico, mas no la dura realidad de sus cuatro pilares. Hoy recuerdo el desembarco de un avión, la amistosa apertura del camarada indio, el somnoliento viaje en autobús hasta llegar en británico arreglo a la casa de estudiantes en el campus, donde a lo lejos veo inolvidable a mi futuro amigo vestido de amarillo. Y yo aquí solo, como me gusta estar a veces y no me gusta siempre. Sin boleto de regreso y con algunas naves aun ardiendo en playas de naufragio al otro lado del mar. En esta fresca y añeja isla donde he vivido hasta hoy, donde se habla este idioma que nunca he dominado. Y que nadie domina.
Primer día en Salthouse Close, liberando el espacio vacío de anteriores detritos de vidas ajenas, biblias, directorios y coranes, asegurando habitabilidad para los que detrás venían. Colonizar, determinar el sitio de escritorios y sillas, escoger el lado de la cama aun vacía. Aprender cuánto ruido hace el viento en las noches, como humedece esta lluvia sin mojarte, en este clima que presenta ya como inútil al paraguas pues cuando llueve ahora los ingleses se mojan. Caminar los atajos y conocer las tiendas, establecer las rutas comerciales, los caminos convenientes a la escuela, donde un lugar empiezo a edificarme. Las cenas casi franciscanas, inspiradas en estas libras esterlinas que se van como el agua. Y las primeras "lectures" donde se me presentan de manera incompleta aquellos pensadores que hoy desarman al mundo.
Ya con los pobladores en sus cuartos, se distribuyen juguetes, libros, platos, fotos, cuadros. Ese gran patrimonio con el que se componen las humanas miserias, una mas bellas que otras. Todo encuentra un lugar y todo crece. En numero, en tamaño y variedades. Hasta alcanzar el volumen y peso suficiente de un ancla. Se siembran ya las primeras amistades, que como hojas de raros árboles habrán de renovarse unas cada año. Dentro empieza a llover ya no sólo agua, sino mil personajes que vienen con sus risas, sus vinos, sus pizzas, su música y sus sabios y violentos alegatos. Y hacen olas en aquella marea que siempre hemos deseado bañe nuestras orillas.
Hemos dejado el aire que esos ladrillos guardan, los que recordaremos en escritos, en fotos y sobre todo en la mente y en el cuerpo, cuando queramos recuperar tantos momentos y olvidar uno que otro que se niega a alejarse. Merazlavia la Chica se queda acá en la isla todavía por un rato. Al menos hasta el amanecer del día siguiente a la conclusión de aquella la misión pretextada. En "seven Salthouse Close" ahora son otros los que caminan las huellas que dejamos, otros los que harán ruido de sillas y de trastes sobre siestas mendocinas. Nosotros los merazlavos seguimos instalados en esta la aventura que implica el creer que saber caminar es moverse, aun cuando muchas veces no esté claro hacia donde.
miércoles, 23 de enero de 2008
A ese lugar que siempre eres
Desde el origen me parece eres sinónimo de casa. No de las pocas que dibujamos los arquitectos cuando nos dejan, sino de las aun menos que abrigan hogares y cálidas resguardan del frío y de la tristeza. Que confortan los cuerpos y las almas cansadas, con oídos de comprensión y chocolate caliente. Además de los usuales olores de canela, de horno, de ajo y de mango, el aire que te llena lleva, comentarios jocosos que, inofensivos a costa de los otros, nos adoloran el vientre de la risa y algunos silencios a veces rencorosos para meditar antes de seguir gozando un buen tequila, un vino, un café.
(¿Qué te cuentan todos estos años de vida?...)
Materiales de esa casa no son los tabiques ni la mezcla de arena, de grava y de cemento. Ni las maderas finas, ni los mármoles caros son su suelo. Esta casa que tú eres tiene el piso de tierra, pero siempre barrido, para que pies desnudos de propios y de extraños, no extrañen un servicio de humildad exhibida y que a gusto se sientan, y que a gusto se sienten. Y sobre de ese suelo que es el mundo, tu centro como casa estoy seguro es la mesa, donde compruebo siempre que no hay placer mas grande que agruparse en torno a ella, en la reunión de corazones grandes para amasar las palabras oídas con las dichas. Si, eres una gran casa que me espera en juiciosa señora, pero eres además casa que generosa entrega sopas y guisados para razas enteras.
( ...para mi luces como hace unos años en que, haciendo mis pininos en el Volkswagen, me decías que frenara al manejar, como si eso fuera garantía de seguridad, como si acelerar no fuera a veces la receta...)
Pues esta casa que eres está hecha, como en los buenos cuentos, de paredes de galleta de naranja. El techo no es de tejas ni madera. A esa casa la protegen del cielo, de otros mitos y de otras realidades, la desnudez certera del hoy y de la vida que traemos a cuestas, y que a ratos olvidamos abajo de las colchas, sólo para encontrarla de nuevo en la mañana. Tu techo no me da sombra sólo cuando la busco, cuando la necesito y estoy cerca, pues apretando los ojos un poco y con memoria, construyo un techo a imagen y semejanza del que tienes. Bajo él a veces duermo tranquilo en la distancia con ese melancólico placer de recordarte.
(...o años antes cuando nos dabas un jugo de naranja licuado con huevo, cuyo contenido completo solo supe muchos años mas tarde...)
Por tus ventanas se conoce de ironías y se ve claro a los que falsean con su imagen bien o mal ganada. A través de ellas miras más allá y distingues, cuándo hay ojos que ocultan el alma que los trae cargando, ventanas que se tornan confesionario atento, a las voces que no hallan la magia que perdona.
Eres casa viva que no se asusta con los muertos, sino a veces con los vivos que le andan cerca, que no se deja marear con las historias de final feliz que regalan en las malas novelas y que por eso puede aconsejar, y lo hace, teniendo bien despierta la existencia en la mano, para sopesarla sin acudir a tanta filosofía, como hacemos los que tenemos que estudiar lo que no entendemos.
(...o aun antes cuando te cantaba en la cocina de Zempoala con un mini tocadiscos de juguete...)
Eres lugar que no guarda malos sentimientos por más de un día o dos, sabiendo que no sirven para nada, mas no por ello pierde la memoria en la que atesora hechos del pasado, fechas de cumpleaños, teléfonos, caras, nombres y direcciones, para aquel que pueda requerirlos. También de recuerdos se puebla esta casa.
(...canciones de la época, antes de irme a esconder, cuando llegaba mi pa, abajo de la escalera para el rito del "borrego barato". Como se dice, ya
llovió...)
Eres prodigioso espacio que no oye lo que quiere, me escucha. Que no me dice lo que quiere, me responde. Que no busca entregarse para estar bien con nadie, auténticamente sólo sabes ser esta casa. Por eso no recibes seguido falsas reinas, pomposos embajadores y demás cortesanos, aun cuando sin embargo te has labrado, con virtudes y defectos que en míticos pasados te hubieran convertido en palacio de justos monarcas. Eres tú, madre, la casa de mi nostalgia. Ese suave dolor que me da estar a distancia y que también curo pensando en ti de vez en cuando, cuando a mí alrededor y en inglés está lloviendo tanto.
(...coge tu sombrero y póntelo, vamos a la playa calienta el sol...)
Madre desde acá miles de abrazos hasta ese sol que extraño y de regreso.
jueves, 30 de agosto de 2007
Para un primero de septiembre estando lejos
El padre que tengo sentado aquí al lado me acompaña siempre. Cuando entré en el mundo del mundo empezó a dotarme. Al hablarme claro, al cantarle a mi madre y tocar la guitarra al lado de su cama, al oír cantar en francés, español, italiano, portugués conjuraba al mundo. Al jugar conmigo, al seguirme el juego, al enseñarme a pintar, con espátula y pincel, y al educarme me endosó ideas, me reveló belleza, me generó impresiones, provocó aficiones, estimuló certezas, prejuicios y dudas. Del mundo me dio la sed. Cuando niño y aun ahora me mantiene siempre en vilo, con esa angustia abdominal que da el ser arrojado al aire para ser luego cachado en brazos al caer. Me embrujó las manos con las ganas del hacer y la calavera con las de saber.De la tierra y del cielo me enseñó colores, me dio imágenes en cuadros oliendo a goma y linaza, en fotografías con esencia a cuarto oscuro de esperas largas a la luz ámbar, en visitas a museos y galerías, en viajes al mar, a su único dios mar, en libros que no disimuló, en los jardines que cuidamos juntos, que podamos, que barrimos. Me enseñó a trabajar con las manos y algo con la cabeza, en las puertas de casa que hicimos, cortando con serrucho, limando con la escofina, clavando clavos, midiendo y equivocándonos una y otra vez, para siempre aprender. Me reveló esta tierra y su cielo en su estudio taller, que es como corazón de casa donde late la acción que lo mantiene en vida, me tuvo hechizado por infinitas horas, dibujando futuros, esculpiendo amistades, escribiendo tareas, aquellos periódicos de fantasía, planos y maquetas de proyectos míos, luego suyos, luego nuestros. Me dejó ver el mundo que ahora siempre me espera, que me llama y me espera para seguir viviendo.
A los otros del mundo me presentó con celo, cuidado y transparencia, a veces desconfianza. A los hermanos primero nos soldó con mi madre, por siempre con esa fuerza extraña y a la vez familiar que regala la risa cómplice de bromas amasadas de inteligentes ironías y simplezas baratas. Fuerza que surge igual de discusiones bizantinas que con rodeos mundiales atracan en concilio, en acuerdo y en ocasiones en muda aceptación del diferente, del inconforme, del fatigado. A los prójimos, a aquellos los otros, me arrojó generoso a cultivar la incomparable milpa del sentirse amigo, al dar junto al pan y al vino aquellas cuatro orejas con que él y mi madre nunca, si no en fatiga extrema, han rechazado voz alguna.
De dioses por suerte no me dijo nada. Bastante halla uno, o nada, qué decirse al respecto para quedar callado. De sus credos a secas la honestidad escojo, severamente recitado en la labor arremetida. Y lo perfeccionista en voluntad hasta el detalle al límite, aun cuando sigue siendo humano el resultado. Y su modelo de accesible cordialidad acomodada en órbitas de intensidad concéntrica, que se protege detrás de esa seriedad que la enmascara.
Con eso y más sin duda me armó caballero, para pelear ingenuo por fundir este nuestro mundo con aquel otro donde ya ni hay molinos. Para saber que es la pelea y lo cruento de ella lo que vale. Me enseñó todo un mundo con su gente y sus cosas pero no me ató al suyo, para dejarme creer que labro el mío en la ilusión pueril de caminar solito. Hoy me dobla la edad, nunca lo había hecho. Y así como a mi lado lo siento en cada paso, así me gustaría hoy aquí tenerlo. Y pegarle un abrazo de esos con que se exprimen lágrimas de aquellos corazones que fingimos duros, para no llorar cuando algunas de sus mitades están lejos.
martes, 12 de junio de 2007
De tristeza

No voy a escribirle a la que se ha marchado. Escribo purgando algo la tristeza junto a los que hemos ya llorado su partida, con su pretexto y para en su honor ser solidario con los que más la quieren. La quisimos.
Ya no está, si ella es aun en algún grado para mí, lo es más en la memoria y en el virtual abrazo de los que quedamos en la pena de su inimaginable ausencia. Si ella seguirá siendo de algún modo para algunos, para mi lo será siempre en la medida de lo que ya fue. Mi expresión no es cristiana porque yo lo soy poco. Me rehúso sin remordimientos a creer en estos dioses que tan mal se portan.
Así pues: ¿Cómo sobrellevar la pérdida sufrida? ¿Cómo superar favorablemente el duelo? El sólo recuerdo del pasado no ayuda. Hay que ayudarlo con un poco de futuro. Como los que lo han hecho se ha muerto para nada, pero de ningún modo habrá vivido en vano. Ha dejado de estar en un presente que ayudó a dejar sembrado con sus pasos. Ha dejado unas huellas que creo se borrarán difícilmente. Tarde no se le hizo al menos para contagiar a otros de su amor a la vida y la alegría, para amar y ser amada, para transmitir la vida generando otra. Con esa peculiar disponibilidad a la que parecía rehusarse cuando prefería serpientes a perritos. Me compartió desde hace mucho tiempo a su familia de grandes corazones, con la cual a veces yo comía o cenaba antes de alguna entrega arquitectónica con que velábamos en la Herradura.
Si tenía que partir me pesa mucho no haberla acompañado hasta la puerta, decirle adiós, darle la mano y asegurarla para evitar en algo el miedo. Confío en que no faltó quien lo haya hecho y la haya convencido que llegaba a un nuevo puerto donde no hay tormentas. No quiero imaginar una cabeza tan hecha a las alegrías mas sencillas viviendo el miedo cerca del final, de segura incertidumbre, angustia, malestar. A ella que era tan leal quisiera que alguien la haya hecho sentir hasta ese punto acompañada.
Pienso en los que quedamos existiendo y lo que nos podemos poner a recordar. Su pasado rico de anécdotas que regalaron pláticas alegres a los que de ella hablamos, su vida llevada originalmente fuera de lo habitual, su particular personalidad siempre sensiblemente inteligente, sonriente aun cuando enfrentada a la desilusión, el problema, los malos entendidos. Las caras que hacía cuando tenía hambre y cuando necesitaba gritar afuera de las aulas. Recuerdo la nube con que llovía por donde ella pasaba, las muchas risas compartidas por ello, pues el agua al final sólo mojaba. Las llaves que supongo no olvidó sólo en aquella ocasión en un auto encendido afuera de un gran teatro o cuando dejó de recoger a su papá durante muchas horas en frente del trabajo. Su buena ‘mala suerte’ era muy buena excepto por el final que hoy nos amarga.
Voy a olvidar hoy su partida, y voy a pensarla viva. No a creerla, pero a pensarla viva. Para reír al secuestrarla con su esposo, en medio de la calle Patriotismo, para irnos a tomar unas cervezas y platicar de un posible futuro hasta que se obscurezca.
jueves, 7 de junio de 2007
Tempus fugit
Fidel Meraz. (Publicado originalmente 22.02.2006)Entre las características del mundo del futuro podemos adivinar ya algunas desde estos momentos. Aparte de síntomas notables como globalización, discriminación sexual, cultural o social, cambio climático, terrorismo fanático, se espera habremos de encontrar los seres humanos posturas que traigan soluciones de convivencia como son el retar creativamente los imperialismos, la maduración de las posturas feministas y de la tolerancia, la sensibilidad ecológica o la apertura a la convivencia con otras culturas. Uno, que no el único, de los obstáculos para lograr ese avance parece ser el tiempo.
Nunca parece ser suficiente el tiempo (como por ejemplo para educar a la población a ser abierta y conciente) y por lo mismo su aceleración es cada vez mas apabullante, menos bajo un posible control. Los apocalípticos lo desperdician lamentándose del estado de cosas mirando atrás en busca de soluciones para el mañana y los integrados se acomodan fácilmente a él tragando todo sin crítica alguna. Entre estos dos extremos navegan también los que no hacen nada, los indecisos, los ignorantes, los no representados, los fanáticos, los por desgracia muchos pobres.
La Europa por la que hoy nos paseamos parece querer encontrar un equilibrio, pero no sin costo. Inmigración, diversidad, secularismo, mercantilismo, son costos que se pagan cambiando, no sin el dolor del que crece. Convertida en un museo territorio de miles de kilómetros cuadrados ofrece al que la visite los contrastes entre una historia antigua que en parte es origen de la cultura occidental (esas maravillas artísticas logros de otros tiempos y de sociedades muy diferentes) y la mercantilización de la misma que no siempre permite apreciar sus valores a través del video y la foto del turista, esos objetos preciosos que se llevan de regreso para decir “estuve ahí”. La gente en general nos hemos conformado con bien poco.
La espiral de nuestro tiempo se sigue acelerando y uno quisiera pensar, sueña uno a veces, que la semillas de las soluciones se encuentran en nuestra cultura, en nuestros valores, en nuestra manera de ver el mundo, pero ¿y si no? ¿Y si necesariamente tenemos que transformarnos, ceder un poco, para encontrar el equilibrio? Si justamente ahí, en la adaptación están las soluciones ¿irá a darnos tiempo de aplicarlas? Mientras que pensamos las respuestas el tiempo escapará.
En las sedas nebulosas del amor
Fidel Meraz. (Publicado originalmente 12.10.2005) Y pues fuimos hasta allá por esto, por las sedas nebulosas del amor. Es la boda para mi desde hace ya mucho tiempo, la fiesta por excelencia. Pues la alegría que retrata casi nunca es falsa.
Dos personas se conocen, se frecuentan por un tiempo y se atraen, cada vez mas, se prefieren el uno al otro y por encima de los demás. Y ellos dicen, se enamoran. Son pareja. Y tienen sus diferencias, que solucionan. Quizás se vayan a vivir juntos, quizás sean pareja durante años o solo meses. Pero después de ese tiempo que ellos consideran adecuado deciden dar un siguiente paso. Se van a casar.
La frase la acuñó mi amigo cuando su hermana preparaba su boda y él entre cómico y doliente nos contaba los pormenores de la preparación a tan idílico evento. El motivo: la ceguera. El uno está ahí, el otro también, el mundo del otro lado y nadie ve claro. Se ha caído entonces en las "sedas nebulosas del amor". Todo parece tan obvio y no se ve nada en cambio.
Al principio usábamos el dicho para describir el estado existencial de la novia, o cuando mas de los novios, pero con el uso y la experiencia la descripción empezó a ser aplicable a cuanto ser los rodeaba. Entran en velada danza cuñadas, abuelas, tías, padres, hermanos claro está, a veces hijos y además desde luego entran las madres.
Los cuestionamientos les llueven a mares. Que si se casan por cuál iglesia, que si es matrimonio mixto o solo por "lo civil", que si es por bienes mancomunados, que si son primos. Que si ya vivieron juntos, que la novia ya no vestirá de blanco, que él si vestirá de blanco, que si será de día o de noche. Que si de etiqueta hay que ir disfrazados, o de charro, sin corbata o con corbata, de largo, de corto, de claro, de oscuro. Que confirmen los que van, que sea sin baile, con violines y de pie, que venga el embajador, que haya una mesa de los novios solos, que haya un grupo para el baile, que sea en la playa con vista al poniente. Que el padre muerto no aparezca en la invitación, ni la madrastra, que solo aparezcan ellos, al fin ya llevan años viviendo juntos. Y ¿será aquí o en provincia? ¿Quién va a venir hasta acá? Cuántas madrinas desfilarán, de qué color vestirán, de qué tela, de qué seda, qué se va a aventar, arroz, flores, campanitas, confeti no, ¿o si? Qué se va a dar de comer, de beber, tinto, blanco, tequila, cerveza, ¿cerveza? Quién va a entrar primero al templo, quién va agarrado de quién, que el papá no entra, es ateo, el amigo no firmó como testigo, ¡ya no firman los testigos!
Cierto, hay cosas importantes, cierto es que hay que decidir y todo significa algo pero en las bodas nada, quizás solo ellos, significa todo. Pero esta ceguera del dulce envoltorio, de emperifollado baile, lo que a mí me dice es: esta pareja festeja contenta con nosotros que se quieren y se casan. No se pierda el objetivo pues la boda pasa. Esa alegre fiesta en la que caben todos es primera letra o punto final, alegrísimo universo de anécdotas, de fotos, de regalos. Las historias grandes suelen estar antes o después de ella.
Así pues todos contentos, juntos bajo el mismo cielo la familia y los amigos, todo incluido, comida, bebida y baile, con la ligera ebriedad del que festeja.
Si, es cierto, a veces no tan ligera.
De refritos

Fidel Meraz. (Publicado originalmente 06.07.2005)
Se les llama así. Por no ser frescos sino por estar fritos una vez y vueltos a freír unas... ¿mil veces? Vieja costumbre merazlava es esta de conservar el relato de un hecho pasado y volverlo a contar muchas veces. Sobre todo aquellos que son graciosos, que hacen pasar un buen rato, que delatan o retratan defectos y virtudes de la gente, conocida y no o que recuerdan por asociación alguna anécdota que de esta manera pasa a una pasajera inmortalidad, si se me permite la paradoja.
Dicha costumbre, no por ser merazlava deja de ser costumbre de otras personas, pero en Merazlavia adquiere un papel protagónico en muchas conversaciones, en ocasiones ad náuseam. Unos podrían llamarle historias, leyendas, anécdotas, pero se relatan casi siempre con la intención de pasar de persona a persona la experiencia de aquel pasado momento. Recordarlo, reír de nuevo. Resulta curioso que tales momentos recordados llegan a ser prescindibles, es decir que uno no requiere de haberlos visto o vivido para contarlos. Se entra en el terreno del mito y de la deformación de la realidad pasada, pero... ¿qué realidad pasada no sufre de fenómenos parecidos?
Los refritos van acomodándose al gusto de las generaciones. En especial hoy recuerdo uno que debe de llegar de alguna época en que las fiestas nocturnas eran quizás ambientadas por música en vivo y que tal vez era tocada por la misma gente que asistía. Así pues cuando yo iba en preparatoria, (aunque aun había de ese tipo de fiestas, sobre todo en el ambiente artístico en que me movía) ya no era común el apelativo de "tocada" para las reuniones nocturnas. Sin embargo cuando mi padre me veía salir a algún evento, fiesta o reunión inquiría con voz picaresca: ¡qué! ¿tienes tocada?
Este refrito se conservó aun cuando se usa actualmente con menor frecuencia al haberse desplazado por este otro de "yohuállica" procedencia que en otra ocasión contaré y que está constituido por el concepto de "andar en la guitarra" o también en su forma original de "andar tocando la guitarrita". La frase se utiliza para denotar la cualidad festiva de alguna reunión, no necesariamente preparada con demasiada antelación y en la que muy rara vez se halla presente el aludido instrumento. Enfatiza la cualidad de la reunión de estar con amigos, comer y beber y concederle a cualquier pretexto la importancia mínima para organizar a su alrededor un festejo.
Merazlavia la Chica se caracteriza, casi desde antes de su fundación por el organizar, o participar, constantemente "guitarras", constituyendo casi una identidad nacional el poder ofrecer música al alicaído, oído al que quiere ser escuchado, comida al hambriento, vino al sediento, siempre tratando de honrar el valor de la amistad.
Así pues désenos hoy nuestra guitarra de cada día.
De las flechas de hoy

Fidel Meraz. (Publicado originalmente 31.05.2005)
En tiempos diferentes al nuestro o en otros lugares no civilizados de la misma forma que este donde hoy vivimos, los arqueros han disparado sus flechas para cazar o para guerrear. Cierto que también han practicado con sus armas y en ese caso se recuperan las flechas. Pero en general éstas habían sido hechas casi siempre para perderse en la madera y la piedra de los tiros errados o en la carne de animales y ciertamente también de los enemigos.
La vida del arquero de hoy ha perdido dramatismo. Hoy en día arcos y flechas, casi siempre se poseen con la intención de aferrar otro objeto de juego. Por lo tanto quien tiene flechas no las tiene por miles, tal vez ni cientos y frecuentemente espera volverlas a ver, tocar, utilizar, juguetes al fin, quizás renovadas a causa únicamente del último límite del desgaste o del consumismo.
Nosotros hemos venido de muy lejos hasta acá con nuestras sencillas armas, las que teníamos. Hemos venido a tratar de sentir la emoción de la batalla y buscar la experiencia de estar frente a diferentes fieras.
El Shock vuelve a editarse, esta vez desde Nottingham, para contar por nuevos medios el acontecer merazlavo con algunos de sus pormenores. Esta tierra de arqueros de leyenda nos recibe con promesas de experiencias nuevas, que ya de hecho nos están sorprendiendo y tenemos la intención de que nos hagan aumentar la visión de nuestro horizonte, por mas que las nubes de esta húmeda isla se empeñen muchas veces en provocar lo contrario.
Es así como algunas de estas otras flechas que definen nuestros tiros, unos errados otros certeros, volarán de ida y de vuelta. Con ellas intentaremos contar nuestra historia, la que nos prepare para verdaderas guerras, para cazar, o tal vez únicamente en su forma menos terrible para divertirnos otro poco.
Vuelen así las primeras.
martes, 5 de junio de 2007
De mosqueteros cuarenta años después



Fidel Meraz. (Publicado originalmente 08.12.2006)
Cuando tenía pocos años, diez tal vez, me parecía estar viviendo casi siempre en el mismo período. Niñez al fin centrada en mí mismo. Me sabía de memoria los regalos de todas las navidades y cumpleaños, por ejemplo. Cada uno pasaba a la historia. Hoy ya no recuerdo tantos y tantos regalos que agradezco haber tenido. De muchas cosas, unas vanas y otras menos, estuvo lleno mi tiempo. Muchas cosas están presentes siempre, o casi. Otras se han ido tal vez definitivamente de mi ser conciente. Esas olvidadas cosas, creo al menos, dejan su residuo en uno, su sedimento. Como deja huella desde luego también aquello que se recuerda y es con todo eso con lo que probablemente se construya uno.
Luego hacia la adolescencia aspiraba a la independencia, a la libertad de ir y venir a voluntad. Ser grande. Así un día me fui a recorrer parte del mundo un poco mas lejos, armado de quinientos dólares y un par de amigos. Días llenos, densos, días y noches de aventura, días y noches siempre diferentes. Si alguna vez he sentido la vida intensamente fue entonces. Los recuerdos de ese período son alegres y angustiosos. De la experiencia de conocer la realidad del otro, de los amigos, de las mujeres, de eso también se va uno poco a poco haciendo. Ponerse los zapatos de otra gente, tratar de servir (sin exagerar, yo no creo en los santos) y tratar de comprender (todo, emulando a los sabios si los hay). Pero también servirse y comprenderse.
Luego casarse, vivir lejos de la Merazlavia, buscar trabajo, aprender otra lengua, tener una hija, tener otra. Recuerdo las palabras del oráculo del Olivo (colonia en el poniente de la ciudad de México): cásate, ten hijos, pon tu oficina, paga impuestos, haz la ronda, ¡la ronda! Así pues es la época del estar casado. Pasé hace un tiempo una etapa en la que mucha memoria se redondeaba a ocho años. Cuando me preguntaban cuánto llevaba de casado: poco más de ocho años; si era cuántos años tiene tu hija más grande: poco más de ocho años; la más chica: poco menos de ocho; cuánto hace que regresamos de Italia a México: como ocho años; y así otras cosas. Hoy redondearía a trece. Mañana... La percepción del tiempo también va variando, parece que se va más rápido.
Uno cree que uno siempre es uno, que no cambia para ser otro. Y eso parece que es cierto, me parece que en ello consiste la identidad. Se fundamenta en la seguridad de que uno es siempre uno mismo, nunca un otro. Lo que creo puede riesgosamente engañarnos es el creer que no cambiamos, (cierto que no por otro) creer que somos siempre iguales. Pero al final cambia uno. Ese que uno es se modifica hasta ser muy diferente y si no mucho, sí diferente. La creencia de ser inmutable en cambio puede ser cegadora, puede hacernos pensar que ya somos, que ya acabamos de ser. En donde el riesgo entonces es el de rehusar el propio cambio al pretender, empecinadamente y contra un universo cambiante, ser siempre igual.
Cuando recuerdo mi pasado me parece verlo cada vez distinto. Y es así, cada vez distinto. Cada vez que se recuerda, se recuerda diferente. Esto que se recuerda se construye siempre desde el hoy. Estamos obligados a llevar todo el cargamento de residuos. Eso cambia cada vez las cosas. ¿También las cambiará cada vez menos? ¿y por ello nos volveremos más inflexibles, menos dispuestos a cambiar con el tiempo?
Sé que cuarenta años es una cantidad de años tan pequeña como para que al ver adelante se siga queriendo cambiar de ojos. Y ver cómo seré, seguir viendo que estoy siendo.
lunes, 4 de junio de 2007
De futboleritos
Fidel Meraz. (Publicado originalmente 08.07.2006) Mañana domingo acaba el mundial de fútbol. ¡En caridad de Dios! Diría mi madre.
De mis más alejadas remembranzas arriba el recuerdo de tardes en casa de algún pariente, en fin de semana, con adultos frente a un televisor en blanco y negro. Mi padre por ahí, como viendo pero no tanto. Mas bien riendo y conviviendo, azuzando a los fanáticos, llevándoles la contraria, descalificando a los titanes ajenos. Los demás, como mi padrino (gran aficionado), alguno que otro tío, Jaime, Avelino, Fernando o su amigo el arquitecto Carlos Gonzáles estaban en medio de gritos de pasión, emoción, regaños al árbitro y demás gesticulaciones propias de un apasionado encuentro Necaxa contra Chivas, por poner un ejemplo. Yo de eso como suponen sé muy poco. Lo cierto es que en Merazlavia el deporte de marras no era muy visto. En ocasiones, ciertamente en época de mundial, se veían algunos partidos, más por estar informados y poder hablar de lo que sería el tema por semanas, que por auténtica pasión. Pero en realidad nunca Merazlavia, ni la Grande ni la Chica, se ha distinguido por ser aficionada al deporte de la pelotita. Es cierto que como diría alguno por ahí: ¡yo también doy pataditas! Pero esa es otra historia.
Esta animadversión entre futboleritos, pelotitas y yo es algo personal. Recuerdo que mi madre me hacía durante la secundaria, ¡ah si lo recuerdo bien!, unos sándwiches de oscuras rebanadas de pan negro tipo alemán, finas rebanadas de jamón serrano, salami, queso Gruyère, jitomate y lechuga. Quizás aderezado con mostaza de Dijon o salpicado con gotas de aceite de oliva. Así un día, acabando de desenvolver el anhelado almuerzo y estando a punto de morderlo por primera vez, sentí en mi mejilla un repentino ardor, la escuela frente a mí se sacudió hacia mi lado derecho con violencia y en el aire delante de mí se desintegraba en todas y cada una de sus partes aquel fabuloso sándwich. Cuando pude recuperarme de la sacudida un balón blanco con pentágonos rojos rebotaba rítmicamente, alejándose en dirección contraria a mi cara enrojecida y a los fragmentos de comida para entonces revueltos con gravilla y arena. El daño estaba hecho. Nadie en representación de los millones de futboleritos me ofreció una disculpa, ni me pidió perdón. La jugada siguió y yo naturalmente viví el resto de mis días odiando la pelotita.
El futbolerito, ese desconocido, desde siempre me despertó curiosidad. Imaginaba al verlos algunos experimentos que pudieran medir el grado en que estaban afectados. Si por ejemplo se lanza, despeja, chuta al azar a un grupo de hombres una pelota, o en su defecto un objeto esférico remotamente semejante a un balón, sin duda saldrá de entre ellos alguno que tratará de parar con el pecho, dominar con el muslo y chutar. U optará por dominarla, bajarla al piso con la parte interior de la rodilla, o moviendo los hombros retadores intentará rematar de cabeza hacia una imaginada portería. Algunos con instinto de arquero, portero, guardameta intentarán estirando los brazos cogerla con las dos manos, quizás completando la actuación con dramática, a veces grotesca, rodada de oso panda por el piso. El más osado intentará una chilena con el consabido riesgo de quebrarse el cóccix, a veces por desgracia lográndolo, pero con la satisfacción de haber salvado el partido. Hay los que caminan por la calle viendo en cada corcholata, hoy tapas plásticas de refresco, una pelota con la que aumentar el marcador en la más próxima coladera, agujero o caja volteada que encuentre. En cada par de líneas verticales, en cada horizontal sobre su cabeza alucinará una portería, un marco, una meta.
A veces este sentimiento antifútbol se convierte en una especie de pena en ocasiones inexplicada. Pena de ver a tanta gente aspirar a realizarse, a llenarse con tan poco. He visto a padres a mitad bebidos, lamentar con pena la derrota de la selección, llorando por no saber cómo explicarle a su hijo (todo vestido de uniforme oficial verde con en la camiseta el número del ídolo en turno) porqué perdieron los heroicos ratones. Tomará hasta dormirse patéticamente abatido, mientras el hijo absorbe aquel infortunio que podrá purificar tal vez si es afortunado cuatro años después si pasan de octavos de final; cambiando nacionalidad a italiano, alemán, brasileño o francés; o abandonando la fe del padre convirtiéndose al fútbol americano o al béisbol, donde de todos modos el equipo que gana siempre es estadounidense.
La vida tiene sus misterios. Tengo dos hijas. Pensé que el fútbol no sería un factor con ellas. Diana por primera vez se enfrentó a un niño mas pequeño que ella con el balón cuando tenía escasos cuatro años. El niño, futbolerito de cepa, la invitó a jugar. Ella corría sin parar detrás de la pelota y sin parar de correr se divirtieron toda la tarde. Pero ella nunca entendió en aquel entonces que había una portería en la cual se anotaba algo que ella desconocía: el gol. Jugó toda la tarde solo a corretear tras el balón y así la semilla de su afición quizás germinó: hoy parece que es una futbolerita. En cambio Valeria en su clase de educación física un día le tocó practicar el deporte nacional. Según nos relató con inocentes palabras ella no jugó fútbol sino "runbol", pues en toda la hora sus pies solo corrieron, nunca tocaron la bola ya que nunca se la dejaron. Mañana las dos apoyarán a Italia en la final, mexicanas-italianas, no cargan con tanto malogro heredado. Yo como pueden suponer, merazlavo al fin, estaré con Francia. Me importa tanto, como supondrán, que por mí esta vez que gane el mejor.