jueves, 21 de agosto de 2008

Adios "Seven Salthouse Close"


Hay lugares que no han estado en ningún lado, pero que van conmigo. Merazlavia se llama uno de aquellos. Merazlavia la Chica dejó de estar parada donde hace cuatro años había desembarcado. Cambia su lugar físico, mas no la dura realidad de sus cuatro pilares. Hoy recuerdo el desembarco de un avión, la amistosa apertura del camarada indio, el somnoliento viaje en autobús hasta llegar en británico arreglo a la casa de estudiantes en el campus, donde a lo lejos veo inolvidable a mi futuro amigo vestido de amarillo. Y yo aquí solo, como me gusta estar a veces y no me gusta siempre. Sin boleto de regreso y con algunas naves aun ardiendo en playas de naufragio al otro lado del mar. En esta fresca y añeja isla donde he vivido hasta hoy, donde se habla este idioma que nunca he dominado. Y que nadie domina.

Primer día en Salthouse Close, liberando el espacio vacío de anteriores detritos de vidas ajenas, biblias, directorios y coranes, asegurando habitabilidad para los que detrás venían. Colonizar, determinar el sitio de escritorios y sillas, escoger el lado de la cama aun vacía. Aprender cuánto ruido hace el viento en las noches, como humedece esta lluvia sin mojarte, en este clima que presenta ya como inútil al paraguas pues cuando llueve ahora los ingleses se mojan. Caminar los atajos y conocer las tiendas, establecer las rutas comerciales, los caminos convenientes a la escuela, donde un lugar empiezo a edificarme. Las cenas casi franciscanas, inspiradas en estas libras esterlinas que se van como el agua. Y las primeras "lectures" donde se me presentan de manera incompleta aquellos pensadores que hoy desarman al mundo.

Ya con los pobladores en sus cuartos, se distribuyen juguetes, libros, platos, fotos, cuadros. Ese gran patrimonio con el que se componen las humanas miserias, una mas bellas que otras. Todo encuentra un lugar y todo crece. En numero, en tamaño y variedades. Hasta alcanzar el volumen y peso suficiente de un ancla. Se siembran ya las primeras amistades, que como hojas de raros árboles habrán de renovarse unas cada año. Dentro empieza a llover ya no sólo agua, sino mil personajes que vienen con sus risas, sus vinos, sus pizzas, su música y sus sabios y violentos alegatos. Y hacen olas en aquella marea que siempre hemos deseado bañe nuestras orillas.

Hemos dejado el aire que esos ladrillos guardan, los que recordaremos en escritos, en fotos y sobre todo en la mente y en el cuerpo, cuando queramos recuperar tantos momentos y olvidar uno que otro que se niega a alejarse. Merazlavia la Chica se queda acá en la isla todavía por un rato. Al menos hasta el amanecer del día siguiente a la conclusión de aquella la misión pretextada. En "seven Salthouse Close" ahora son otros los que caminan las huellas que dejamos, otros los que harán ruido de sillas y de trastes sobre siestas mendocinas. Nosotros los merazlavos seguimos instalados en esta la aventura que implica el creer que saber caminar es moverse, aun cuando muchas veces no esté claro hacia donde.

1 comentario:

Paulina dijo...

Fidel, Fidel, Fidel. Que bellas palabras. En cierto modo expresaste un sentir que es mio tambien a veces... o que fue, cuando recien llegue a esta isla.
Suerte en vuestro nuevo comienzo

Paulina